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Sep 23

La vida heroica de Marie Curie – Eve Curie – Descargar PDF

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Hay en la vida de María Curie tantos rasgos inverosímiles que quisiera relatar su vida como se cuenta una leyenda.

En una nación oprimida nace una mujer pobre y hermosa.

Una poderosa vocación le hace abandonar su patria, Polonia, para estudiar en París, donde pasa años de soledad y de angustia.

Encuentra un hombre genial como ella y se casa con él. Su felicidad es de una calidad excepcional.

Con tenaz y árido esfuerzo descubren un cuerpo mágico: el radio. Su descubrimiento, no sólo da nacimiento a una nueva ciencia y a una nueva filosofía, sino que ofrece a los hombres el medio de combatir una enfermedad horrenda.

En el instante mismo en que la gloria de los dos sabios se extiende por el mundo se abate sobre María el dolor. Su extraordinario compañero le es arrebatado, en un instante, por la muerte.

Con la angustia en el corazón y enfermo el cuerpo, continúa, sola, la obra emprendida, y amplía brillantemente la ciencia creada por el matrimonio.

El resto de su vida no es más que una perpetua generosidad. A los heridos de la guerra les ofrece su devoción y su salud. Más tarde dará sus consejos, su saber y su tiempo a los alumnos, a los futuros hombres de ciencia llegados de las cinco partes del mundo.

Cumplida su misión, muere, agotada, habiendo rechazado la riqueza y soportado los honores con indiferencia.

A esta historia, semejante a un mito, no podía yo añadir un solo adorno sin cometer una falta. No he relatado una anécdota que no haya comprobado ni he deformado una frase esencial o inventado siquiera el color de un vestido. Los hechos que se relatan han sucedido y las palabras que se transcriben se pronunciaron.

Debo a mi exquisita y culta familia polaca, y especialmente a la hermana mayor de mi madre, señora Bluska, que fue su más tierna compañera, inapreciables cartas y directos testimonios sobre la juventud de mi madre. Documentos personales y breves notas biográficas dejadas por María Curie; innumerables textos oficiales, relatos y correspondencia de amigos franceses y polacos, a quienes no sé cómo agradecerles tantas atenciones; los recuerdos de mi hermana, Irene Joliot-Curie, de mi hermano político, Federico Joliot, y los míos me han ayudado a evocar los años más recientes.

Quisiera que el lector de este libro no dejara de meditar sobre las peripecias efímeras de una existencia, como la de María Curie, en la cual más sorprendente que su obra o que lo anecdótico de su vida es la inmutabilidad de un carácter, el esfuerzo porfiado, implacable, de la inteligencia; la inmolación de un ser que sabía darlo todo y que no supo tomar ni recibir nada; el alma, en fin, a la que nada logró alterar en su pureza excepcional: ni el éxito más extraordinario, ni la adversidad. Porque María Curie tenía esta alma y, sin sacrificio alguno, apartó de sí misma las ventajas que los auténticos genios pueden obtener de una fama inmensa.

Sufrió por ser el personaje que el mundo quería que fuese. Tan exigente y retraída era su naturaleza, que fue incapaz, hasta los últimos días de su vida, de escoger una de esas actitudes que la gloria sugiere: la familiaridad, la amabilidad maquinal, la austeridad intencionada, la modestia exhibicionista.

No supo ser célebre.

Cuando yo nací, mi madre tenía treinta y siete años. Cuando estuve en la edad de conocerla bien, era una anciana ilustre. Y no obstante, fue ”la ilustre investigadora” lo que más me extrañó de ella, sin duda alguna porque la idea de serlo no ocupaba el espíritu de María Curie. En cambio, me parece haber vivido siempre al lado de la estudiante pobre y soñadora que fue María Sklodowska, mucho antes de que yo viniera al mundo.

En el instante mismo de su muerte, María seguía pareciéndose a aquella joven. Una tenaz, brillante y larguísima carrera no había logrado engrandecerla, disminuirla, santificarla o envilecerla. En su último día era todavía dulce, obstinada, tímida, curiosa de todos las rolan, como en los tiempos de sus oscuros comienzos.

Con una muerte semejante no podía infringírsele sin sacrilegio, el duelo pomposo que los gobiernos ofrecen a los grandes personajes. María tuvo en un cementerio silvestre, entre las flores del estío, un entierro silencioso y sencillo, como si la vida que terminaba semejara a tantas otras.

Hubiera querido tener los dones de un escritor para mostrar la eterna estudiante de la que Einstein dijo: “La señora Curie es, de todos los seres célebres, el único que la gloria no ha corrompido”, siguiendo como una extraña el curso de su propia vida, intacta, natural, casi insensible a su sorprendente destino.

Éve Curie

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